By: Kary Fernández
Durante años confundí intensidad con amor y disponibilidad con valor. Me vendí y me compré la historia de que sentir mucho era sinónimo de sentir bien, cuando en realidad lo que tenía era un apego ansioso (hoy diagnosticado) perfectamente disfrazado de romanticismo elegante.. y común. Y claro, una se vuelve experta en justificar lo injustificable cuando el origen no se quiere (o no se puede) mirar de frente. Y ni qué decir de todas las veces que les eché todas las culpas a ellos! Hasta se me olvidaba mi muy recurrente frase de “una mano no aplaude sola”.
A mí no me pasó de adulta, me pasó de niña, si es que todo mi “encanto” todo mi “don” es que hoy lo sé. Aprendí a esperar, a adaptarme, a leer silencios como si fueran instrucciones y a celebrar migajas como si fueran banquetes. Crecí entendiendo que el cariño era intermitente, condicionado y, peor aún, negociable. Entonces hice lo que cualquier mujer inteligente hace cuando no ha sanado… perfeccionar el mecanismo. Me volví encantadora, resolutiva, interesante… pero también disponible de más, comprensiva de más, paciente de más.
Y eso, aunque se aplauda socialmente, es carísimo lo sé y lo sabes querido lector culto y conocedor!
Porque cuando no te eliges, eliges desde la carencia. Y cuando eliges desde la carencia, aceptas lugares donde no cabes, vínculos que no te nutren y hombres que no están a tu altura emocional aunque sí a tu alcance físico. Yo no estaba buscando amor, estaba buscando regulación emocional. Y eso cambia todo.
Luego vino la terapia. Muchas horas. Incómodas. Brutales. Sin glamour. Ahí no eres la versión brillante que presentas en sociedad, eres la niña que entendió mal el amor y la adulta que repite el patrón una y otra… y otra vez, con mejor outfit cada vez. Y cuando empiezas a unir puntos, se te cae el teatro. Se rompe el chirrión por el palito!
Entendí que mi ansiedad no era pasión, era miedo al abandono. Que mi urgencia no era deseo sino vacío. Que mi capacidad de sostener relaciones complicadas no era madurez sino costumbre. Y que mi famosa tolerancia no era virtud, era resignación bien maquillada (porque eso si lo sabía desde chiquita!).
Y entonces pasó algo incómodo pero liberador… dejé de necesitar.
No porque me haya vuelto fría, sino porque me volví clara. Ya no me quedo en cualquier lado porque ya sé lo que cuesta salirme de mí. Ya no tengo cualquier amigo o amiga porque entendí que la compañía sin profundidad también desgasta. Y definitivamente ya no cualquier hombre me interesa, porque ahora sé diferenciar entre atención y presencia.
Antes, si alguien me gustaba, hacía espacio. Ahora, si alguien no me suma, hago distancia.
Y eso incomoda. Mucho. Porque cuando dejas de perseguir, empiezas a seleccionar. Y cuando seleccionas, el universo de opciones se reduce drásticamente. Pero también se limpia. Ya no estoy disponible para dinámicas ambiguas, ni para egos inflados, ni para hombres que llegan con discursos interesantes pero conductas mediocres.
Se acabó esa versión de mí que negociaba su paz por compañía.
Hoy no tengo esa necesidad desesperada e imperiosa de tener novio. Y no, no es porque no me guste el amor… es porque ahora me gusta más la paz. Y la paz no se negocia por alguien que no sabe ni lo que quiere, ni cómo sostenerlo.
También entendí algo que nadie te dice con suficiente claridad… no todos merecen acceso a tu intimidad emocional. No porque seas mejor, sino porque ya no eres la misma. Y cuando cambias de estándar, cambias de entorno.
Ahora observo más, escucho más, pregunto más. Ya no me deslumbra la intensidad y en todo caso me interesa la consistencia. Ya no me conquista el discurso, más bien me fija la conducta. Y si algo no cuadra, no me quedo a ver si mejora. Me voy.
Sin drama. Sin escena. Sin explicaciones largas.
Porque una de las cosas más elegantes que te deja la terapia es el silencio bien puesto.
Y… no, no me volví inaccesible. Me volví selectiva. Y eso no es frialdad, es inteligencia emocional bien aplicada. Ya no necesito que alguien llegue a completarme, necesito que llegue a compartirse. Y si no es así, honestamente, prefiero mi propia compañía.
Que, por cierto, resultó ser bastante buena.
Just saying…