En el ecosistema empresarial mexicano hay una conversación que casi siempre llega tarde: la del cumplimiento. Mientras los emprendedores afinan branding, estrategia comercial, producción, empaque, marketing e inversión, pocas veces se detienen a pensar en la estructura regulatoria que sostendrá (o derrumbará) su negocio. Ahí es donde la trayectoria de Susana Cohen adquiere una relevancia particular. Más que una abogada especialista en regulación, Cohen se ha consolidado como una empresaria que entendió antes que muchos que los protocolos, la prevención y el cumplimiento no son un freno para crecer, sino una plataforma para hacerlo con solidez.
Formada en Derecho en el ITAM, Cohen comenzó su carrera desde muy joven en el sector público, trabajando en temas de mejora regulatoria. Más tarde pasó por Profeco y por ConMéxico, espacios desde los que entendió una falla que atraviesa a muchas empresas mexicanas: la distancia entre quienes entienden la ley, quienes entienden lo técnico y quienes entienden el mercado. En medio de esos tres mundos, detectó que casi nadie lograba hacer una traducción integral entre norma, operación y estrategia comercial. Ese vacío no solo le dio una especialidad; le dio una visión de negocio.
Con esa mirada fundó su propio despacho y levantó una práctica que no se limita a gestionar permisos, sino que acompaña a empresas a construir una operación jurídicamente sólida y técnicamente viable. Su diferencial está justo ahí: entender que el cumplimiento no se resuelve desde una sola disciplina. En su modelo convergen abogados, químicos, físicos, economistas y otros perfiles técnicos para ofrecer una mirada transversal. Es decir, no se trata solo de saber qué dice la norma, sino de entender cómo aterrizarla en la realidad de una empresa que quiere fabricar, vender, distribuir, publicitarse y crecer.
Ese enfoque cobra especial fuerza cuando Cohen habla del momento más vulnerable de cualquier negocio: su nacimiento. En el texto complementario que acompaña esta conversación, lo explica con un ejemplo contundente. Si alguien quiere lanzar un energy drink, un suplemento o cualquier otro producto, la asesoría no tendría que llegar cuando el producto ya está listo para subirse a Instagram o tocar la puerta de Walmart; tendría que empezar desde la idea. Desde ahí se tendría que definir si se regula o no, qué requisitos de fabricación existen, qué autorizaciones se necesitan, cuánto costará cumplir y cómo esa inversión impactará el plan de negocio. En otras palabras, la regulación no tendría que aparecer como un problema posterior, sino como parte del business plan.
Lo interesante es que Cohen no plantea este tema desde el miedo, sino desde la estrategia. Su discurso desmonta la idea de que cumplir solo sirve para evitar multas. En realidad, cumplir sirve para blindar el crecimiento. Porque una empresa que no revisó sus permisos, sus protocolos, su sitio de fabricación, su etiquetado, sus manuales o sus condiciones de operación puede parecer exitosa durante un tiempo, pero sigue siendo frágil. Basta una denuncia de un consumidor, un señalamiento de la competencia o una visita de verificación para que todo se venga abajo. Y ahí es donde ella pone el dedo en una verdad que muchas pymes prefieren no mirar: una gran idea sin estructura puede colapsar muy rápido.
Su perspectiva resulta todavía más valiosa cuando se aterriza al tamaño de las empresas. Las grandes corporaciones suelen tener más margen para resistir contingencias, pagar sanciones, negociar tiempos o absorber errores. Una pyme, no. Para una empresa pequeña, una inmovilización de producto, una observación de autoridad o una negativa de entrada a retail puede ser suficiente para quebrarla. Cohen lo explica con claridad: mientras una empresa grande puede incluso contemplar multas como parte de una estrategia agresiva, una pyme no tiene ese colchón. Por eso, en su lectura, el cumplimiento no es más pesado para la pyme; es más urgente.
Otro de los puntos que fortalece su perfil como empresaria es haber entendido que el blindaje no termina en la parte jurídica. También se juega en la relación con inversionistas, retailers y socios comerciales. Si una marca quiere entrar a Costco, Walmart o Soriana, no basta con tener un producto atractivo ni una buena narrativa de marca. Tiene que demostrar consistencia operativa, documentos en regla, procesos de fabricación adecuados y capacidad de cumplir con auditorías y exigencias adicionales. En ese contexto, el despacho de Susana Cohen no solo ayuda a evitar problemas: ayuda a abrir puertas. El compliance se convierte entonces en una ventaja competitiva y en una credencial de seriedad frente al mercado.
Hay además una dimensión particularmente poderosa en su historia: la de una mujer que tomó un nicho altamente técnico y lo transformó en una plataforma empresarial propia. En un entorno donde muchas veces la regulación se percibe como árida, secundaria o poco visible, Cohen logró convertir ese conocimiento en una propuesta de valor concreta para compañías de distintos tamaños. Su trayectoria habla de especialización, pero también de visión. Habla de una empresaria que entendió que en México muchas compañías necesitan algo más que asesoría legal: necesitan una guía clara para no construir castillos en el aire.
En tiempos donde se celebra mucho la velocidad, la visibilidad y la promesa del emprendimiento, Susana Cohen introduce una conversación menos glamorosa, pero mucho más importante: la de la estructura. Porque una empresa no se sostiene solo con una buena idea, una imagen atractiva o una campaña efectiva. Se sostiene con procesos, protocolos, criterios y orden. Y en esa conversación, su trabajo no solo habla de regulación. Habla de liderazgo, de visión empresarial y de la capacidad de convertir el cumplimiento en una forma inteligente de crecer.