La energía suele aparecer en los estados financieros de las empresas como una línea inevitable: un costo operativo necesario para mantener encendida la producción. Sin embargo, en una economía marcada por la relocalización de cadenas de suministro, la expansión manufacturera y la presión por reducir emisiones, esa lectura resulta insuficiente. La energía es hoy infraestructura, resiliencia, productividad, calidad de producto y capacidad de crecimiento.
Ese es el espacio que Atera busca ocupar en México. La compañía anunció una inversión de USD 500 millones durante los próximos cinco años para desarrollar soluciones dirigidas a grandes consumidores industriales. Su llegada pone el foco inicial en Nuevo León, Coahuila, Guanajuato y Querétaro, aunque su objetivo es atender todo el territorio nacional.
Detrás de Atera hay dos socios que explican su foco. Brookfield, uno de los mayores gestores de infraestructura y transición energética del mundo, con más de USD 1 billón en activos administrados en más de 25 países, aporta la capacidad financiera y la visión global necesarias para sostener una apuesta de este tamaño. Celsia, la empresa de energía del Grupo Argos, suma más de una década de experiencia desarrollando soluciones de eficiencia energética para la industria latinoamericana —terreno donde Atera nació como uno de sus intraemprendimientos más consolidados—. Esa combinación ya tiene historial: en Colombia, Panamá, Honduras y Perú, Atera acumula cerca de 200 MW instalados en proyectos de generación distribuida y más de USD 47 millones en ahorros generados para clientes industriales.
“México es nuestra punta de lanza”, explica Luis Felipe Vélez Restrepo, director general de Atera. La elección responde al tamaño del mercado y a la velocidad de su transformación. El país enfrenta una tensión decisiva: la demanda industrial crece y la infraestructura energética debe expandirse al mismo ritmo. La planeación oficial vincula el aumento esperado del consumo con la inversión y la relocalización productiva; para la zona de Querétaro, por ejemplo, proyecta un crecimiento medio anual de 7.7% en la demanda máxima entre 2025 y 2039. Para México, Vélez no llega a construir una tesis desde cero; llega a escalar una que ya funciona.
La propuesta se articula bajo el modelo Energy as a Service, o Energía como Servicio. En lugar de pedir a una empresa que compre equipos, coordine proveedores, estructure el financiamiento y asuma la operación técnica, Atera diagnostica el proceso industrial, diseña la solución, invierte en los activos, construye la infraestructura y la opera durante contratos de largo plazo.
El cliente paga por el energético que recibe (electricidad, aire comprimido, calor, frío o respaldo) y concentra su capital y talento en el núcleo de su negocio. “Nosotros hacemos el diagnóstico energético, la ingeniería del proyecto, lo construimos y operamos. El empresario no invierte y, al mismo tiempo, reduce su consumo energético y su huella de carbono”, resume Vélez.
El modelo resuelve una paradoja común en la industria latinoamericana. Las compañías suelen actualizar sus equipos centrales de producción, porque ahí reside su conocimiento. No siempre ocurre lo mismo con compresores, calderas, motores, sistemas de enfriamiento y otros equipos auxiliares, que pueden quedar fuera de los ciclos prioritarios de inversión.
Atera entra en ese territorio: identifica qué sistemas utilizan más energía, plantea una reconversión tecnológica y se compromete con niveles de servicio. No se limita a instalar equipos; asume la responsabilidad de entregar la potencia, temperatura, presión o disponibilidad que la planta requiere.
“La energía debe dejar de ser un factor que limite la expansión y convertirse en una ventaja estratégica.”
La eficiencia energética suele comunicarse desde el ahorro, pero su impacto puede ser más amplio. Vélez utiliza el caso de la industria del vidrio: después del horno, uno de los sistemas de mayor consumo es el aire comprimido empleado para formar las botellas. Una reconversión integral puede reducir alrededor de 30% el consumo de ese sistema; además, la tecnología moderna disminuye partículas en la distribución del aire, mejora la calidad del producto y reduce el material rechazado.
La ganancia aparece en la continuidad operativa, el rendimiento de los activos, la calidad y la reducción de desperdicios. En sectores como acero, papel, vidrio, alimentos, bebidas o centros de datos, donde la energía representa una parte relevante del costo, una mejora técnica puede modificar la estructura de producción.
El portafolio de Atera se concentra en tres frentes: energía solar y almacenamiento; procesos térmicos eficientes (calor, frío, recuperación y cogeneración); y aire comprimido. Su modelo combina ingeniería, monitoreo y operación continua. Cada kilowatt-hora evitado mediante eficiencia reduce la necesidad de generar, transportar y consumir energía adicional. Cada fuga corregida, proceso térmico optimizado o sistema modernizado puede traducirse en menores emisiones. La autogeneración, particularmente cuando integra fuentes solares, almacenamiento y respaldo, también mejoran la resiliencia de una planta.
La planeación energética nacional estima que la generación distribuida fotovoltaica podría pasar de 5,359 MW en 2025 a 14,432 MW en 2039, con un crecimiento promedio anual de 8.2%. El documento gubernamental relaciona su expansión con menores costos, mayor confiabilidad, mejor calidad de la energía y reducción de emisiones contaminantes. La descarbonización no debe plantearse como una obligación desconectada del negocio, sino como valor medible. “Utilizando inteligentemente los recursos energéticos ayudamos a las industrias a ser más competitivas y a tener un impacto positivo en el medio ambiente”, afirma Vélez.
“Velocidad con propósito.”
Atera incorpora inteligencia artificial en la identificación de oportunidades y el diseño de soluciones. La tecnología conecta su experiencia acumulada con bases de conocimiento más amplias, acelera análisis y aumenta la precisión. Pero Vélez evita presentarla como sustituto del criterio técnico.
“La inteligencia artificial puede conocer experiencias globales; lo que no tiene son nuestros propios aprendizajes”, explica. En una industria donde cada planta posee procesos y riesgos distintos, la personalización sigue dependiendo de equipos capaces de entender al cliente.
Esa visión también define la cultura interna: comunicación abierta, aprendizaje continuo, orientación a resultados y velocidad con propósito. Vélez describe a Atera como una compañía multicultural antes que multinacional, sin fronteras físicas rígidas y con una promesa hacia su talento: ofrecer un espacio donde las personas puedan construir sus sueños profesionales.
Un legado más allá de la red
La trayectoria de Vélez ayuda a entender a sus metas. En 2015 ocupaba una vicepresidencia comercial en la industria del vidrio cuando fue invitado a un proyecto de transformación energética en Celsia. Renunció antes de recibir una oferta formal. No conocía todavía las condiciones económicas; tenía la convicción de que podía contribuir a cambiar un sector que llevaba décadas operando bajo la misma lógica.
Desde entonces conserva una idea escrita: liderar la transición de las industrias latinoamericanas hacia una menor dependencia de las redes tradicionales. No significa negar la importancia del sistema centralizado, sino imaginar un futuro en el que cada empresa pueda acceder a la energía más eficiente, conveniente y económica para su operación.
“Cada industria debería poder acceder a la energía que mejor le convenga.”
México será la prueba de escala para esa visión. Atera llega con capital, experiencia regional y una propuesta diseñada para eliminar una de las principales barreras de modernización: la necesidad de que el cliente financie y opere por sí mismo la transformación.
En el nuevo mapa industrial, la ventaja competitiva no dependerá únicamente de ubicación, talento o acceso a mercados. También dependerá de quién tenga energía suficiente, confiable, eficiente y sostenible para crecer. Atera quiere asegurarse de que, para la industria mexicana, esa energía no sea el límite, sino el punto de partida.