Por: Kary Fernández
La primera vez que una escucha hablar del canto de las sirenas en La Odisea piensa, por supuesto, en unas mujeres bellísimas cantando desde una roca para seducir marineros, porque hasta Homero entendía que para explicar una tragedia convenía poner mujeres guapas y hombres convencidos de que podían dominar la situación. Pero el asunto era menos romántico: las sirenas no ofrecían amor, ofrecían fascinación y no obligaban a nadie a acercarse; conseguían que cada hombre creyera que desviarse era decisión propia. Y si, cualquier parecido con Instagram, TikTok, X o esa aplicación donde todos bailan mientras explican geopolítica no es coincidencia, es actualización de software.
Las redes sociales son el canto de las sirenas de nuestra época porque no necesitan secuestrarnos: basta con prometernos atención, pertenencia, aprobación y esa deliciosa fantasía de que nuestra opinión merece audiencia inmediata y así aprobación abrimos el teléfono para responder un mensaje y, cuarenta minutos después, estamos indignados por la boda de una desconocida, comparando nuestra cintura con la de una mujer llena de filtros y photoshop y opinando sobre un conflicto internacional que descubrimos hace siete minutos. Todo muy informado, todo muy responsable, todo con subtítulos.
El problema no es solamente el tiempo que perdemos, sino el criterio que entregamos porque el algoritmo no está diseñado para mostrarnos lo más verdadero, sino lo que prolonga nuestra permanencia. Y nada retiene mejor que el enojo, el miedo, la envidia y la validación y por eso la realidad digital termina pareciéndose a una fiesta donde todos gritan, nadie escucha y el más escandaloso recibe micrófono. Repetimos frases que parecen inteligentes, adoptamos indignaciones prefabricadas y confundimos visibilidad con autoridad. Si algo tiene millones de vistas suponemos que importa; si no circula, asumimos que no existe. Así, poco a poco, el criterio deja de construirse y empieza a tercerizarse pero lo más curioso es que defendemos esa manipulación como si el algoritmo fuera una tía sabia que conoce nuestros verdaderos deseos.
También nos vuelve hipersensibles y no porque ahora sintamos más, sino porque toleramos menos. Una mirada, una pausa, una palabra mal elegida o la ausencia de un “me gusta” se convierten en material para una crisis emocional de ocho capítulos… y así las plataformas nos acostumbraron a recibir estímulos rápidos, respuestas inmediatas y aprobación cuantificable; luego llegamos a la vida real, donde nadie trae contador de aplausos, y nos parece que algo está fallando. La conversación auténtica tiene silencios, contradicciones, matices y hasta gente que no piensa como nosotros, esa excentricidad casi prehistórica.
Odiseo pidió que lo ataran al mástil porque sabía algo que hoy preferimos omitir: la voluntad no siempre alcanza. Él quería escuchar sin obedecer y nosotros queremos entrar sin compararnos, mirar sin envidiar, publicar sin depender y discutir sin enfurecernos. Si tú!. La diferencia es que Odiseo reconocía el peligro; nosotros llamamos libertad a revisar el teléfono ciento veinte veces al día.
Mientras tanto, la vida real ocurre sin filtros y ahí está en la comida que se enfría, en la persona que dejamos hablando, en el hijo que buscaba nuestra mirada, en el amigo cuya tristeza no produjo notificación. Nos sentimos conectados con miles y presentes con nadie pero sabemos qué desayunó una celebridad en Madrid, pero no qué le preocupa a quien duerme junto a nosotros.
Tal vez no necesitemos abandonar las redes, sino construir nuestro propio mástil: horarios, límites, silencio, criterio y la disciplina de volver al mundo físico antes de convertirnos en espectadores profesionales de vidas ajenas. Porque las sirenas no ganan cuando cantan bonito; ganan cuando olvidamos hacia dónde íbamos. Y hoy, querido lector, mucha gente presume brújula mientras navega exactamente hacia donde el algoritmo le indicó. Ni más ni menos!
Just saying…