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Karla Rojo desde las entrañas: contradicción, incomodidad, deseo y vulnerabilidad

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Zacatecas, 1980. Ahí comienza la historia de Karla Rojo. En 1998 ingresó a la universidad para estudiar administración, pero cuatro años después decidió abandonar esa ruta y dedicarse de tiempo completo a la pintura. Su formación se fue construyendo de manera esencialmente autodidacta, entre talleres, cursos, lecturas y una práctica sostenida que con el tiempo la llevaría a mostrar su trabajo en distintas ciudades de México, así como en España, Francia y Portugal. Desde 2011 combina su producción artística con la enseñanza de dibujo y pintura en Bucerías, Nayarit, donde reside.

Ese origen importa porque la obra de Rojo parece haberse construido precisamente desde la observación continua, más que desde la obediencia a una fórmula. Su pintura parte del comportamiento humano: cómo nos relacionamos, qué ocultamos, qué deseamos, qué tememos y de qué manera terminamos construyéndonos frente a los demás. Trabaja generalmente por series y entiende al espectador como parte activa de la pieza, alguien que termina de darle sentido desde su propia historia.

Durante los últimos años, esa investigación ha transitado entre dos territorios que constantemente se encuentran: la sociedad y la intimidad.

En 2022, el Minotauro ocupó un lugar importante dentro de su imaginario. Rojo parte de referentes como Arturo Rivera, Picasso, Pedro Coronel, Goya y Lucian Freud para observar la manera en que lo masculino ha sido representado a través de la animalidad. Desde su propia mirada, el Minotauro adquiere una condición ambivalente: es fuerza y fragilidad, atracción y rechazo, belleza y bestialidad.

Pero Rojo no utiliza el mito para hablar del pasado. Lo trae al presente.

En Penélope, por ejemplo, Odiseo ya no está necesariamente en una guerra: trabaja, sale con amigos, construye su vida, mientras ella continúa esperando noticias que llegan cada vez con menor frecuencia. El mito clásico se convierte así en una escena afectiva reconocible. Cambian los siglos y las herramientas —ahora existen notificaciones, pantallas y mensajes—, pero permanecen la espera, el deseo y la dificultad de interpretar al otro.

Para 2023 y 2024, la mirada de la artista se expande hacia lo social. Aparecen preocupaciones alrededor del poder, la violencia, el consumo, el individualismo y el debilitamiento del bien común. Rojo cuestiona una cultura donde la apariencia de éxito y la satisfacción inmediata pueden terminar desplazando valores como la dignidad, la responsabilidad o la justicia.

De ese periodo surgen sus Ensayos de monstruos. Y quizá una de las ideas más interesantes de esta etapa sea precisamente dónde coloca a esas criaturas: no en escenarios fantásticos, sino entre edificios, plazas y ciudades reconocibles. En Ensayo de monstruos y La política y el monstruo, lo amenazante irrumpe en espacios cotidianos.

La metáfora es poco complaciente: el monstruo representa aquello que una sociedad puede terminar normalizando. Violencia, abuso, indiferencia, tiranía. Rojo se pregunta qué ocurre cuando la conveniencia sustituye a la moral y cuando convivimos tanto tiempo con aquello que debería horrorizarnos que termina perdiendo su capacidad de hacerlo.

Su pintura no pretende ser neutral. A veces el símbolo es frontal e incluso roza deliberadamente la alegoría, pero esa claridad también forma parte de su lenguaje: la imagen funciona como un espacio desde el cual tomar posición.

Después de mirar hacia afuera, en 2025 Rojo regresa al individuo. La artista describe ese momento como un retorno a los personajes después de los Ensayos de monstruos, concentrándose ahora en las expresiones capaces de revelar el estado emocional de una persona en un instante determinado.

Los monstruos ceden su lugar a los rostros.

Estudio de personaje, Delirio, Retrato de Karen con mascada, Juicio íntimo o Resonancia construyen una especie de cartografía emocional a partir de gestos, miradas y posturas. Si antes la pregunta estaba dirigida hacia la sociedad, ahora parece apuntar hacia aquello que ocurre cuando desaparece la pose.

Ese desplazamiento desemboca en su producción de 2026, donde el amor, el deseo y la vulnerabilidad ocupan el centro.

Rojo se pregunta qué hace a alguien digno de cuidado y plantea una diferencia sutil pero importante: quizá no buscamos únicamente aceptación, sino reconocimiento, la posibilidad de ser vistos por alguien capaz de comprender nuestra diferencia.

En Corazón en escena, el corazón aparece literalmente expuesto; mientras que en Alma y corazón en escena, Eco y Narciso la artista vuelve a recurrir al mito para hablar de los afectos contemporáneos.

Su Narciso ya no necesita inclinarse sobre el agua. El espejo es la mirada de los demás. Necesita sentirse deseado para reafirmar su identidad y, al mismo tiempo, se protege de la vulnerabilidad necesaria para conectar verdaderamente con alguien.

Ahí la mitología vuelve a encontrarse con nuestra vida cotidiana. En un presente obsesionado con la visibilidad, la pregunta adquiere otra dimensión: ¿cuánto de aquello que mostramos corresponde realmente a quienes somos y cuánto pertenece al personaje que hemos aprendido a representar para obtener atención, deseo o reconocimiento?

Vista en conjunto, la producción reciente de Karla Rojo mantiene un hilo reconocible. El Minotauro, el monstruo, el rostro, Narciso y el corazón pueden parecer personajes de universos distintos, pero todos conducen hacia la misma interrogante: qué somos cuando dejamos de escondernos detrás de aquello que representamos.

Rojo pinta desde ahí.

Desde la contradicción, la incomodidad, el deseo y la vulnerabilidad.

Desde aquello que corre por debajo de la superficie.

Desde las entrañas.

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