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La puntada más cara no fue el bordado.

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Por: Kary Fernández

Ya sabemos que nuestro México tiene una fascinación peligrosa por convertir la precariedad en storytelling inspirador. Basta colocar a una comunidad indígena frente a una cámara, hablar de tradición, identidad y orgullo nacional, para que cualquier cuestionamiento sobre salarios, condiciones laborales o reparto de beneficios parezca una falta de sensibilidad cultural.

Eso es exactamente lo que ocurrió con la polémica alrededor de la colección mundialista de Adidas y Someone Somewhere, intervenida por artesanas nahuas de Naupan, Puebla. Mientras la campaña hablaba de herencia textil, colaboración y reconocimiento a las comunidades, las críticas comenzaron a centrarse en algo mucho más terrenal: el dinero.

De acuerdo con diversas denuncias públicas, las artesanas habrían recibido alrededor de 36 pesos por hora por trabajos de bordado realizados para una prenda que posteriormente se comercializó en aproximadamente cuatro mil pesos.

Y, evidentemente, ahí comenzó el verdadero debate.

Porque el problema no es que una marca gane dinero. Adidas existe precisamente para eso. Tampoco es escandaloso que una edición especial tenga un precio premium. Lo que genera indignación es la enorme distancia entre el discurso de empoderamiento comunitario y la percepción de una retribución económica insuficiente para quienes aportaron el valor simbólico que hizo posible la campaña.

La controversia se volvió aún más compleja cuando surgieron versiones que señalaban que parte del trabajo se realizó en espacios vinculados a la Casa de la Cultura en Puebla. Más allá de los detalles administrativos específicos, la imagen resulta poderosa: mujeres indígenas bordando para una multinacional en un recinto cultural mientras la conversación pública gira en torno a cuánto vale realmente su trabajo.

Porque una cosa es promover la cultura. Otra muy distinta es utilizarla como materia prima barata.

La pregunta que descompone no es cuánto cuesta una playera. La pregunta es cuánto vale una historia.

Durante años hemos escuchado que las artesanías mexicanas deben ser protegidas porque representan identidad, memoria colectiva y patrimonio cultural. Sin embargo, cuando llega el momento de asignarles valor económico, seguimos operando bajo una lógica donde la creatividad indígena se celebra en los discursos y se regatea en las hojas de cálculo.

Lo más interesante es que nadie parece discutir la calidad del trabajo realizado por las artesanas. De hecho, la campaña comercial se sostiene precisamente sobre la autenticidad de ese trabajo manual. La intervención artesanal fue presentada como el elemento diferenciador de la colección.

Si el bordado es el argumento de venta, entonces el bordado debería ocupar también un lugar central en la distribución del valor generado.

La discusión tampoco debería reducirse a si el pago fue legal o ilegal. La legalidad es apenas el piso mínimo. Las grandes marcas globales suelen presumir estándares de sostenibilidad, inclusión y responsabilidad social que van mucho más allá del simple cumplimiento normativo.

Por eso el caso genera tanto ruido.

Porque plantea una pregunta que trasciende a Adidas.

Estamos construyendo cadenas de valor inclusivas o simplemente cadenas de suministro con mejor narrativa?

México tiene artesanas extraordinarias. Tiene talento textil reconocido internacionalmente. Tiene comunidades capaces de transformar una prenda ordinaria en un objeto cultural. Lo que sigue pendiente es decidir si queremos que sean socias del éxito o únicamente proveedoras de inspiración.

Porque cuando una campaña presume orgullo mexicano, identidad comunitaria y tradición ancestral, la conversación ya no puede limitarse al diseño de una playera.

Tiene que incluir, necesariamente, la dignidad económica de las manos que la hicieron posible.

Just saying…

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