By: Kary Fernández
Había una vez… y sigue habiendo, porque el patriarcado es resiliente como cucaracha… un sistema muy conveniente donde la mujer valía lo que el espejo dictaminaba cada mañana. Qué práctico. Qué eficiente. Qué asco!!
Durante siglos, la belleza fue nuestra moneda de cambio. El único activo que cotizaba. El único idioma que se nos permitía hablar con fluidez. Y nosotras… obedientes, entrenadas, exprimidas… aprendimos a pagar con ella. A la entrada del trabajo, al inicio de una conversación, al abrir la boca en una reunión donde nadie nos iba a escuchar de todas formas. Sonríe. Arréglate. No te veas tan cansada. Como si nuestra cara fuera el currículum y el cerebro, un accesorio decorativo.
Pero aquí está lo que nadie puso en el contrato: que la belleza, como toda moneda inflada, eventualmente se devalúa. Y cuando eso pasa, qué le queda a quien apostó todo a esa sola carta?
Exacto. Nada. O peor: dependencia.
Entonces llegó el momento, glorioso, inevitable, tardío pero bienvenido… como sea … en que algunas empezamos a hacer la pregunta embarazosa: y si yo valgo por algo que no se puede retocar con filtros?
Qué concepto tan revolucionario. Tan amenazante. Tan absolutamente escandaloso para ciertos sectores de la población que todavía confunden competencia con coquetería.
Porque resulta querido lector… y aquí viene el dato que a nadie le enseñaron en la escuela… todavía : que las mujeres tenemos capacidades.
Cerebros. Criterio. Ideas que no necesitan lápiz labial para ser brillantes. Argumentos que no mejoran con buena iluminación. Estrategias que funcionan aunque hayamos dormido cuatro horas y tengamos ojeras hasta el cuello.
Qué sorpresa. Qué novedad. Qué escándalo tan delicioso.
Y lo más interesante… lo verdaderamente subversivo… es que cuando una mujer entiende su valor real, deja de necesitar la validación estética como oxígeno. No porque ya no le importe verse bien, sino porque verse bien dejó de ser su razón de existir. Pasó de ser un requisito a ser una elección. Y esa diferencia, lector, es todo.
Porque guapa puedes seguir siendo.
Absolutamente. Pero guapa además de imparable, no guapa en vez de capaz.
Hoy las mujeres llegamos a las mesas de negociación con datos, no con escotes estratégicos. Lideramos equipos con visión, no con sonrisas calculadas. Construimos empresas, políticas, narrativas, movimientos. Y lo hacemos con bolsas bajo los ojos a veces, con el cabello recogido de cualquier manera, con ropa cómoda que a nadie le pidió opinión.
Y saben qué pasa? Que funcionamos igual. Mejor, incluso. Porque no estamos gastando energía mental en mantener la apariencia de algo que nunca debimos ser.
El mercado está cambiando, lentamente, a rastras, con toda la resistencia que cabe esperar de estructuras que llevan milenios funcionando a su favor. Pero está cambiando. Cada vez más espacios miden a las mujeres por lo que producen, no por lo que proyectan. Cada vez más conversaciones giran en torno a lo que hacemos, no a cómo nos vemos haciéndolo.
Y nosotras, entretanto, seguimos siendo guapas. Claro que sí. Pero la diferencia es que ahora la belleza nos pertenece a nosotras, no al sistema.
Ya no cotizamos en esa bolsa.
Tenemos la nuestra.
Y las acciones, por si no lo habías notado, van al alza.
Just saying,,,
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