Siempre he pensado que cuando estás al frente en un puesto, cargo, título de liderazgo y te dan un micrófono, siempre tienes que hablar por mucho más que por ti misma: por tu equipo, por los que vienen contigo, por los que no, por los que ya avanzaron y por los que vienen. Porque al final de esta vida nos vamos sin nada y lo único que permanece es nuestro legado.
Liderar no es sencillo. Es un acto noble que exige paciencia, actuar con respeto y empatía. Esto cobra un significado especial cuando inician fechas tan significativas como las de marzo, que simbolizan la lucha y el deseo de ser parte de acciones que construyan un piso más parejo.
Los temas sociales, profesionales y personales convergen en este tiempo y abren espacios de reflexión sobre el liderazgo, la igualdad y el bienestar colectivo.
Tuve la oportunidad de ser invitada y asesorar a jóvenes en un Parlamento de Mujeres en Querétaro. Entre las participantes encontré mujeres diversas, provenientes de distintos contextos y trayectorias de vida. Estas jóvenes tan brillantes no necesitaban grandes discursos ni fórmulas complejas; necesitaban algo mucho más sencillo y poderoso: una guía, alguien que las escuchara y que les recordara creer en sí mismas y su talento.
Para ello debemos reconocer no solo las desigualdades en el acceso a herramientas que impulsan su economía, bienestar mental y desarrollo socioeconómico, sino también visibilizarlas en toda su pluralidad.
A lo largo de los últimos años he tenido la oportunidad de trabajar con mujeres empresarias, académicas, mujeres privadas de su libertad en centros de reinserción social, artesanas, mujeres migrantes, emprendedoras del comercio informal, jóvenes estudiantes y mujeres acompañadas por el Centro de Justicia para las Mujeres.
En cada uno de estos espacios el objetivo ha sido el mismo: acercar herramientas de educación continua, capacitación y formación, compartir información sobre formalización de negocios y vincularlas con programas que impacten positivamente su desarrollo y bienestar.
Cerré febrero participando en un foro en Jalisco, donde compartí una reflexión muy personal: el privilegio y la responsabilidad de crecer en un entorno donde el ejemplo de las mujeres en casa ha sido una constante. Vengo de una familia de mujeres empresarias. Crecí viendo a mi madre trabajar con dedicación en su oficio como joyera, demostrando que la creatividad, la disciplina y la perseverancia; son liderazgo silencioso, gracias mamá mi admiración para ti y tu calidez humana siempre.
El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, nos invita a reflexionar sobre el camino recorrido: más de 115 años desde las primeras manifestaciones de mujeres trabajadoras, cerca de 72 años desde que las mexicanas obtuvieron el derecho al voto y apenas algunas décadas desde que comenzaron a consolidarse derechos fundamentales en materia de educación, autonomía económica y salud reproductiva.
Saber esto permite dimensionar que muchos de los derechos que hoy consideramos parte de la normalidad son conquistas recientes. Cada mujer vive realidades distintas y, aunque se han logrado avances importantes, aún existen retos que requieren conciencia, empatía y participación social.
Como mujer joven también es importante hablar de las desigualdades que se manifiestan de forma sutil, en pequeños gestos, comentarios o actitudes que durante años se han normalizado. Es fundamental cuidar las formas, no saltarse el respeto, la escucha ni el reconocimiento del trabajo de otras personas.
También es alentador observar que cada vez más equipos de trabajo con corresponsabilidad formados por mujeres y hombres que buscan sensibilizar su entorno y construir espacios más justos y sanos para todos. Impulsar a más mujeres a aprender, capacitarse, emprender y liderar no es solo una cuestión de representación; es una apuesta por el bienestar colectivo.
Porque al final, cada conversación, cada mentoría y cada oportunidad que abrimos para otra mujer puede convertirse en una pieza clave de un engranaje mayor.
Un engranaje que muchas veces comienza con algo tan sencillo y tan poderoso como el ejemplo que vemos en casa. Y sí, muchas no tienen ese ejemplo; es por ello que parte de nosotras debe ser esa mano amiga que apoya e impulsa a escalar a mujeres, comunidades y juventudes: seguir promoviendo lo bueno, seguir impulsando y, sobre todo, seguir escuchando.