Podemos hablar de inversión, nearshoring y crecimiento económico… pero poco hablamos del estado mental de quienes van a sostener ese crecimiento.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la depresión y la ansiedad provocan la pérdida de aproximadamente 12 mil millones de días laborales al año a nivel global, lo que representa un impacto económico significativo. Es decir, el bienestar mental no es solo un tema personal: es un factor directo de productividad.
Sin bienestar integral, no hay desarrollo sostenible.
En semanas recientes, al reunirme con presidentes de cámaras empresariales juveniles en distintos estados, encontré una constante: hay apertura, ganas de colaborar y de construir en red, pero también una conversación que siempre emerge: el bienestar emocional de quienes emprenden, de quienes lideran, empresarios, empresarias, todos aquellos quienes están apostando por construir empresa en México.
Porque sí, emprender implica tomar decisiones constantes, sostener equipos, enfrentar incertidumbre. Y muchas veces, en ese proceso, dejamos al final lo más importante: nosotros mismos… Debemos recordarnos que no hay empresa sólida con líderes emocionalmente agotados. No hay crecimiento real si el talento se quiebra por dentro.
Hoy vemos avances desde la iniciativa privada. Empresas como FEMSA han comenzado a integrar la salud mental como un eje estratégico dentro de su cultura organizacional, participando incluso en iniciativas como la Red por la Salud Mental, que busca llevar estas prácticas a más organizaciones.
Otros grupos como Grupo Carso han impulsado programas de bienestar integral que consideran la salud y el desarrollo humano de sus colaboradores y sus familias.
Incluso, iniciativas como la Norma Oficial Mexicana NOM-035-STPS-2018 han impulsado a las organizaciones a reconocer y atender los riesgos psicosociales dentro del entorno laboral, marcando un precedente importante en el país.
Esto ya no es una tendencia: es una transición. Pero aún no es una realidad estructural en todo el ecosistema empresarial.
Aún hay una gran oportunidad para fortalecer estas acciones, integrarlas de forma estructural y dejar de ver el bienestar como algo secundario.
Desde nuestras trincheras, el liderazgo también implica pasar de la conciencia a la acción. No basta con hablar de salud mental: hay que estructurarla.
Empezando por nosotros mismos, integrando prácticas reales de autocuidado en nuestra rutina, nuestra claridad mental es una herramienta de trabajo.
En lo colectivo, implica generar conversaciones abiertas dentro de equipos y organizaciones, normalizando el bienestar emocional como parte de la cultura laboral y no como un tema aislado.
A nivel organizacional, debemos acercar herramientas concretas. Por ejemplo talleres, acompañamiento psicológico, vinculación con especialistas, hasta la implementación de políticas que prevengan riesgos psicosociales y fomenten entornos laborales más sanos.
Lo más importante es desarrollar la capacidad de identificar esos focos rojos en nosotros primero, y después en nuestro entorno. Reconocer cuándo algo no está bien, cuándo es momento de pausar, de acompañar o de pedir ayuda. Porque saldar esta deuda no requiere perfección, requiere intención, estructura y liderazgo.
El liderazgo que hoy exige México no solo construye empresas: construye bienestar.