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Universidad, geopolítica y diálogo.

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La Anáhuac abre espacios para pensar el mundo que viene

En una coyuntura internacional marcada por nuevas tensiones geopolíticas, transformaciones tecnológicas, desafíos de seguridad y una redefinición de las relaciones entre regiones, entender el mundo ya no puede limitarse a observarlo desde lejos. Hace falta discutirlo, confrontar ideas, escuchar posiciones distintas y, sobre todo, crear espacios en los que académicos, diplomáticos, especialistas, empresarios, representantes de instituciones y estudiantes puedan encontrarse frente a frente.

Con esa premisa, la Universidad Anáhuac México fue sede de la IV Conference on Transatlantic Security: “Bridging Power: Middle Powers and the Future of Transatlantic Security”, un encuentro organizado junto con The Institute for Strategy & Defense Research y la Konrad-Adenauer-Stiftung, cuya agenda reunió perfiles de México, Alemania, Europa y distintos países de América Latina para conversar sobre algunos de los asuntos que están redefiniendo la seguridad internacional. 

Pero quizá uno de los elementos más valiosos del encuentro fue precisamente entender que, en 2026, hablar de seguridad significa hablar de mucho más que defensa militar.

Las conversaciones atravesaron temas como seguridad económica, comercio internacional, autonomía estratégica, inteligencia artificial, ciberseguridad, desinformación, crimen organizado transnacional, seguridad marítima, relaciones entre México y Europa y el papel que pueden desempeñar las llamadas middle powers o potencias medias ante la competencia entre los grandes actores internacionales.

La conferencia reunió, entre otros perfiles, a diplomáticos, integrantes de parlamentos europeos, investigadores, representantes de fuerzas navales, especialistas en riesgo y ciberseguridad y académicos. El programa incluyó además conversaciones alrededor del futuro geopolítico de México, las prioridades compartidas entre Norteamérica y Europa y la necesidad de replantear los mecanismos tradicionales de cooperación internacional. 

Y ahí está precisamente una de las mayores fortalezas de llevar este tipo de encuentros a una universidad: la posibilidad de convertir acontecimientos que normalmente parecen lejanos en preguntas cercanas y concretas.

¿Qué significa para México el cambio en las relaciones internacionales? ¿Qué lugar ocupa el país entre Norteamérica, América Latina y Europa? ¿Qué sucede cuando un ciberataque deja de ser únicamente un problema tecnológico y se convierte en un asunto de seguridad económica? ¿Cómo puede utilizarse la inteligencia artificial para proteger —o vulnerar— instituciones y empresas? ¿Qué ocurre con el comercio cuando la geopolítica comienza a modificar las cadenas de suministro?

Son preguntas que difícilmente pueden responderse desde una sola disciplina.

Uno de los especialistas latinoamericanos entrevistados durante el encuentro resumió precisamente esa necesidad de conversación. Desde su perspectiva, América Latina atraviesa un periodo de profunda fragmentación, con pocos espacios permanentes de cooperación en asuntos que van desde el comercio hasta la defensa, el crimen organizado o la gobernanza de la inteligencia artificial.

Por ello, destacó que encuentros de esta naturaleza permiten reunir en una misma ciudad a tomadores de decisiones, académicos, diplomáticos y representantes del ámbito de la seguridad, generando contactos y conversaciones que de otro modo difícilmente ocurrirían. 

El valor del congreso, por tanto, no termina cuando se apagan los micrófonos.

En la misma conversación surgió una reflexión particularmente relevante: reunir durante algunos días a personas capaces de discutir los problemas es solamente el primer paso. El siguiente consiste en transformar esas conversaciones en investigación, documentos, colaboración entre especialistas de diferentes países y, eventualmente, ideas capaces de influir en la conversación pública.

Porque los grandes cambios intelectuales pocas veces nacen de una única conferencia. Surgen de la acumulación de conversaciones, textos, desacuerdos, encuentros y nuevas preguntas.

Esa idea adquiere una dimensión distinta cuando el escenario es una institución educativa.

Para los estudiantes, asistir a una conversación de estas características significa enfrentarse a algo que ningún libro puede reproducir completamente: escuchar cómo una misma situación internacional puede interpretarse desde perspectivas distintas.

Peter Beyer, integrante del Parlamento alemán y participante recurrente del Transatlantic Security Dialogue, destacó precisamente la diversidad que tuvo esta edición. Frente a encuentros anteriores con un enfoque predominantemente militar, señaló que esta convocatoria incorporó mayor presencia de think tanks, diplomáticos y otros actores, ampliando la conversación hacia temas económicos, comerciales y sociales.

También resaltó el intercambio que pudo mantener directamente con estudiantes de la Universidad Anáhuac durante los recesos del encuentro. 

Ese contacto resulta especialmente relevante.

La formación universitaria no debería consistir únicamente en aprender respuestas, sino también en desarrollar la capacidad de formular mejores preguntas. Escuchar a un legislador europeo, contrastarlo con la visión de un académico latinoamericano y después escuchar a un especialista mexicano en inteligencia permite precisamente eso: comprender que la realidad internacional rara vez admite respuestas simples.

Ahí aparece el pensamiento crítico como una herramienta académica, pero también profesional.

Otro de los ejes recurrentes durante las conversaciones fue la posición que ocupa México.

Alfredo Brandt, especialista en inteligencia estratégica, geopolítica y riesgos, planteó durante la entrevista una imagen particularmente clara: México puede funcionar como una “bisagra” entre el norte y el sur del continente. Su posición geográfica y su integración económica le otorgan relevancia cuando se discuten cuestiones como seguridad, comercio, infraestructura crítica, guerra híbrida o ciberseguridad. 

Esa perspectiva ayuda también a entender por qué una conferencia transatlántica celebrada en Ciudad de México tiene sentido.

México no observa desde fuera los procesos que ocurren en Washington, Bruselas, Berlín, Beijing o América Latina. Sus empresas, instituciones y ciudadanos están conectados con ellos mediante comercio, tecnología, inversión, migración, seguridad y cadenas de suministro.

Brandt añadió otro elemento particularmente útil para comprender el reto educativo: la geopolítica no debería estudiarse únicamente mediante conceptos estáticos. Para él debe entenderse como un fenómeno vivo, en el que interactúan geografía, población, economía, tecnología y defensa. Desde su experiencia como profesor en la propia Anáhuac, señaló además que el interés aumenta cuando los alumnos pueden relacionar esos conceptos con situaciones reales. 

Ese quizá sea el punto más importante de iniciativas como ésta.

Una universidad no solamente transmite conocimiento producido en otras partes. También puede convertirse en el espacio en el que ese conocimiento se discute, se cuestiona y comienza a producirse.

Convocar a especialistas con trayectorias y perspectivas diferentes no significa esperar que todos estén de acuerdo. Por el contrario, la riqueza está precisamente en permitir el desacuerdo informado.

Cuando un estudiante puede escuchar directamente a quienes participan en diplomacia, seguridad, investigación, política pública o empresas internacionales, los conceptos dejan de ser abstractos. La geopolítica deja de ser únicamente un mapa; la inteligencia artificial deja de ser solamente una herramienta tecnológica; el comercio deja de ser únicamente una cifra, y la seguridad deja de reducirse al ámbito militar.

Todo comienza a conectarse.

La IV Conference on Transatlantic Security deja así una reflexión que va más allá de los temas abordados durante sus paneles: en un mundo cada vez más complejo, necesitamos más espacios para conversar seriamente sobre esa complejidad.

Y hacerlo desde una universidad multiplica su valor.

Porque además de reunir especialistas, genera una oportunidad para que nuevas generaciones escuchen, cuestionen, contrasten y formen sus propias posiciones. Y quizá ése sea uno de los resultados más relevantes de cualquier encuentro académico: no decirles a los estudiantes qué pensar, sino proporcionarles mejores herramientas, más información y más perspectivas para que aprendan a pensar por sí mismos.

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