Por: Kary Fernández
Hablemos del misterio eterno: por qué los hombres dicen que quieren una mujer inteligente, segura, exitosa… y cuando la tienen enfrente salen corriendo como si les hubieran ofrecido pagar la cuenta de todos sus exámenes de la universidad? ( para los que me conocen saben que mi analogía eterna es “la rifa del tigre “). La respuesta es simple y, al mismo tiempo, incómoda: porque la admiración les dura lo que un like en Instagram antes de mutar en una especie rara de misoginia involuntaria.
Sí, esa misoginia elegante, disfrazada de “no eres tú, soy yo” o “es que eres demasiado para mí”, que básicamente significa: “Me intimida que no necesites mi tarjeta, mi consejo o mi validación”. Es el tipo de machismo que no se grita, que no pega con cinturón, pero que erosiona a fuego lento cualquier posibilidad de romance sano.
Y así, sin que nadie lo haya planeado, las mujeres poderosas están quedándose sin mercado. No porque no sean deseadas, sino porque los hombres que podrían estar a su altura se ven reducidos a dos tipos:
1. El que la adora en secreto pero jamás se atrevería a invitarla a cenar porque “seguro ya ha ido a lugares mejores”.
2. El que se atreve, pero con el único propósito de intentar bajarle un poco la autoestima para sentirse él más alto.
El resto… el resto se autoexcluye. Algunos por miedo al rechazo, otros por puro instinto de autopreservación del ego. Porque, las cosas como son!… si la mujer gana más, sabe más y proyecta más, y, cómo van a encajar con el manual de masculinidad de bolsillo que les vendieron de niños? Es que no lo dice ningún estudio, pero lo demuestra la práctica: al varón promedio no le aterra tanto que su pareja lo supere… lo que lo mata es que los demás lo sepan.
El problema es que esta dinámica está dejando un enorme hueco sentimental en el inventario. Las mujeres exitosas, que en otro tiempo podían encontrar un par de pares sin demasiada dificultad, hoy se enfrentan a un desierto emocional donde el espejismo más cercano es un “coach” de vida que todavía vive con sus papás.
Y mientras ellas se reinventan, viajan, lideran empresas o hacen historia, ellos siguen preguntándose por qué “ella no se deja cuidar”. Traducción: por qué no acepta ser una versión más bonita de su mamá. (“La Suya, la de Él!”).
En este escenario, cada vez hay menos hombres realmente disponibles para las mujeres poderosas. No porque no existan, sino porque el filtro natural que impone su éxito elimina a quienes no saben compartir el brillo sin sentirse opacados.
La ironía final es deliciosa: los mismos que se asustan de su luz son los que, en público, aplauden que existan mujeres así. Pero cuando les toca a ellos… prefieren quedarse con una linterna que no los deslumbre.
La inseguridad de estos hombres no es culpa de ninguna mujer… pero sí un filtro garante!
Just saying…