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EL PELIGRO DE CONFUNDIR BIENESTAR CON IMPUNIDAD

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El caso de los sueros vitaminados no solo exhibe una falla sanitaria: revela una cultura que romantiza el wellness, minimiza la regulación y normaliza el riesgo hasta que ya es demasiado tarde. La trayectoria de Susana Cohen ayuda a poner el problema en su lugar. 

En México, la regulación tiene muy mala prensa. Se le ve como un freno, como una molestia, como ese trámite antipático que retrasa la operación, encarece la idea de negocio y le quita glamour al emprendimiento. Casi nadie presume sus permisos, sus licencias o sus procesos de cumplimiento. Se presume el launch, la estética, el concepto, la experiencia, el branding, la venta. Todo lo demás parece accesorio. Hasta que alguien se muere. Entonces sí: de pronto la regulación deja de parecer exagerada y se convierte en lo que siempre fue.

Cumplir no era burocracia: era prevención. 

Por eso el perfil de Susana Cohen resulta tan pertinente en este momento. Abogada del ITAM, con una carrera que comenzó desde el gobierno, pasó por Profeco y por el Consejo Mexicano de la Industria de Consumo, Cohen no habla desde la especulación ni desde la indignación de coyuntura. Habla desde años de entender algo que en México sigue costando trabajo asumir: una empresa no solo se construye con estrategia comercial, marketing y buenas intenciones; también se construye con estructura, con procesos y con reglas claras. Y cuando esa base no existe, lo que parece innovación muchas veces no es más que improvisación bien vestida. 

Su trayectoria además tiene un ángulo particularmente valioso: detectó hace años un vacío entre quienes entienden lo jurídico, quienes entienden lo técnico y quienes quieren vender. Ese punto ciego es, en muchos sectores, el lugar exacto donde empiezan los problemas. Porque mientras el técnico sabe formular, el abogado sabe interpretar normas y marketing quiere posicionar beneficios, pocas personas logran traducir todo eso en una sola pregunta verdaderamente útil: qué se puede hacer, cómo se puede hacer y bajo qué condiciones puede hacerse sin poner en riesgo a nadie. Ahí se construyó su expertise. Y ahí también se explica por qué su lectura del caso de los sueros no se queda en el escándalo, sino que aterriza en algo más profundo: una cadena de irresponsabilidades que llevaba tiempo formándose. 

Porque no, esto no va solo de una clínica. Ni solo de un médico. Ni solo de una autoridad rebasada. Va de una cultura completa que ha aprendido a disfrazar de bienestar muchas prácticas que tendrían que ser vistas con bastante más rigor. Hoy el mercado vende sueros, péptidos, fórmulas antiaging, terapias de longevidad, suplementos milagro, células madre, protocolos detox y toda una narrativa aspiracional en la que la salud se mezcla con la estética, con el estatus y con la fantasía de optimizarlo todo. Verse mejor, rendir más, envejecer menos, recuperarse más rápido, corregirse antes, prevenirse todo.

El problema es que el deseo de bienestar se volvió un gran negocio para quienes operan sin suficiente responsabilidad. 

Desde su experiencia, Cohen subraya una idea incómoda pero central: en México hay una brecha enorme entre la regulación sanitaria, la percepción de seguridad y la realidad operativa. Es decir, muchas veces el consumidor cree que algo es seguro porque se ve profesional, porque se promociona bien, porque alguien conocido ya se lo puso o porque el entorno transmite pulcritud y exclusividad. Pero una clínica bonita no sustituye una licencia. Un tratamiento viral no sustituye evidencia. Un influencer entusiasmado no sustituye un protocolo clínico. Y una bata blanca en Instagram no sustituye cumplimiento. 

Ahí está una de las partes más delicadas del fenómeno. Hemos construido un consumo profundamente aspiracional de la salud. Ya no basta con estar bien: ahora hay que verse regulado, sentirse premium, consumir bienestar con estética de lujo y lenguaje científico aunque nadie termine de explicar qué contiene, quién lo avala o qué pasa si algo sale mal. Y esa superficialidad no es inocente. Produce una falsa sensación de control. Le da al consumidor la ilusión de que está tomando una decisión sofisticada, cuando en realidad puede estar entrando a un terreno donde nadie verificó correctamente insumos, almacenamiento, condiciones sanitarias o capacidad de respuesta ante una complicación. 

Lo aspiracional no reemplaza lo sanitario.
La estética no sustituye la ética.
Y lo viral jamás debería ocupar el lugar de lo verificable.

Lo que revela este caso es, en el fondo, una falla de cultura de cumplimiento. Y eso importa subrayarlo porque en México tendemos a creer que el incumplimiento nace únicamente de la mala fe. A veces sí. Pero muchas otras nace de algo que se ha vuelto casi costumbre: emprender primero y entender después. Importar primero y regular después. Vender primero y preguntar después. Prometer primero y revisar después. Esa lógica del “ahí luego vemos permisos” no es dinamismo empresarial. Es una bomba de tiempo. Cohen lo dice con claridad: así como una empresa aparta presupuesto para nómina, renta o publicidad, tendría que apartarlo para regulación y cumplimiento. El problema es que casi nadie lo hace. 

La otra parte incómoda de la conversación tiene que ver con el consumidor. Porque sí, la autoridad está rebasada. Sí, el sistema es insuficiente. Sí, hay un déficit de vigilancia real. Pero también es cierto que en México seguimos preguntando muy poco. Qué me van a poner. De dónde viene. Quién lo registró. Qué licencia tiene el lugar. Qué efectos secundarios existen. Qué protocolo siguen si algo sale mal. Son preguntas básicas, pero en la práctica las desplazamos por confianza social, por pena, por prisa o por esa mezcla de fe y recomendación que tantas veces sustituye el criterio. 

Y luego están los influencers, que han terminado por agravar esta distorsión. No porque sean los únicos responsables, pero sí porque amplifican sin filtro tratamientos, productos y servicios que presentan como parte de una rutina aspiracional sin detenerse en algo elemental: promocionar salud sin entender regulación también es una forma de irresponsabilidad. Convertir una intervención en contenido no la vuelve inocua. Mostrar una aguja, un gotero o una bolsa de suero en una historia de Instagram no la transforma en práctica válida. Al contrario: la vuelve más deseable justo para quienes menos herramientas tienen para cuestionarla. 

Aquí conviene detenerse en otro punto fino de la trayectoria de Cohen: su trabajo no se limita a apagar fuegos, sino a evitar que existan. Y esa diferencia es enorme. En un país donde muchas empresas corren a buscar ayuda cuando ya cayó la autoridad, cuando ya hubo clausura o cuando ya estalló una crisis, su enfoque pone la prevención en el centro. No se trata solamente de resolver papeles; se trata de construir operaciones que no vivan al borde del accidente, la sanción o el desprestigio. Eso, aunque suene menos espectacular que una gran campaña de lanzamiento, es lo que separa a una empresa sólida de una empresa vulnerable. 

La regulación no mata negocios.
Lo que mata negocios —y a veces personas— es la improvisación.

Quizá la parte más dura de todo esto es aceptar que el caso de los sueros no nació de la nada. Nació de un ecosistema que durante años ha tolerado que el wellness avance más rápido que la conversación pública sobre riesgo. Nació de consumidores que muchas veces no tienen acceso suficiente a salud formal y terminan buscando salidas rápidas. Nació de emprendedores que ven oportunidad antes que responsabilidad. Nació de autoridades que no logran cubrir la velocidad del mercado. Nació de una cultura donde lo bonito convence más que lo correcto. 

Por eso la voz de Susana Cohen importa hoy tanto. Porque obliga a devolver la conversación a un terreno menos cómodo, pero mucho más serio. Nos recuerda que la regulación no debería aparecer solo cuando hay muertos, ni convertirse en tema de tendencia únicamente cuando el daño ya está hecho. Tendría que formar parte de la conversación cotidiana sobre negocios, salud, emprendimiento y consumo. No como tecnicismo, sino como lenguaje de responsabilidad. No como freno, sino como estructura. No como castigo, sino como cuidado. 

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