TRENDY

Virtuosismo eclipsado por el ruido curatorial.

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By: Kary Fernández

Mi conflicto con el arte conceptual no nace de una postura conservadora ni de una nostalgia romántica por el óleo antiguo; nace de algo mucho más incómodo: la evidencia constante de que, bajo ciertos discursos curatoriales, prácticamente cualquier objeto puede ser elevado a categoría de obra sin que medie rigor técnico, oficio o siquiera una mínima exigencia estética. Ya saben que amo hablar con poca diplomacia del “elefante en la sala”!

El problema no es la experimentación, no!, el arte siempre ha necesitado riesgo, sino la facilidad con la que el mercado, la crítica complaciente y la difusión acrítica convierten ocurrencias en “piezas” legitimadas. Cuando un cúmulo de objetos cotidianos, una pared intervenida sin intención plástica o una instalación sin dominio formal se presentan como genialidad incuestionable, la conversación deja de girar en torno a calidad y se desplaza hacia narrativa, networking o hype.

Aquí no se cuestiona el derecho a producir arte conceptual; se cuestiona el monopolio simbólico que muchas veces pretende imponer sobre otras disciplinas. La pintura, la escultura académica, el grabado o cualquier práctica que exige años de entrenamiento quedan relegadas a una especie de museo de técnicas “tradicionales”, mientras el espectáculo de lo inmediato se lleva titulares, presupuestos y espacios de exhibición.

Ahí aparece la incomodidad central: la falta de criterios compartidos. Sin nociones básicas de historia del arte, composición, materialidad y técnica, cualquier espectador… y peor aún, cualquier comprador… queda vulnerable a aceptar como extraordinario aquello que simplemente fue bien narrado. Tom Hoving, quien dirigió el Metropolitan Museum of Art, lo dijo sin rodeos: “El arte es, ante todo, cuestión de calidad”. Esa frase, aparentemente obvia, hoy resulta casi subversiva.

La difusión masiva sin alfabetización visual ha generado un ecosistema donde la legitimidad se mide por presencia mediática más que por mérito. Se viraliza la pieza fácil de fotografiar, la instalación que genera polémica o el gesto que cabe en un titular. Mientras tanto, artistas con décadas de oficio, virtuosos del dibujo, maestros del color, escultores con dominio absoluto del volumen y toda métrica, quedan opacados por la economía de la atención.

Aquí se insiste (insisto!) en que el problema no es el concepto, sino la ausencia de exigencia. El concepto sin ejecución sólida es apenas una idea. El arte, en cambio, debería resistir el análisis desde múltiples frentes: técnico, histórico, formal y simbólico. Cuando cualquiera puede colgar cualquier cosa y blindarla con un texto curatorial impenetrable, el sistema pierde credibilidad.

Avelina Lesper ha sido particularmente incisiva al respecto al afirmar que “el arte contemporáneo ha renunciado a la calidad”. Más allá de que la frase incomode a muchos, señala un fenómeno real: la normalización de la mediocridad cuando ésta se presenta con suficiente aparato discursivo. No se trata de negar la contemporaneidad, sino de exigir que el presente también produzca excelencia verificable.

Para mí, el verdadero daño no es estético, sino estructural. Los recursos: espacios, becas, difusión, coleccionismo… son finitos. Cada vez que se asignan a propuestas sin sustento técnico, se reduce la posibilidad de impulsar carreras de artistas que sí poseen maestría. No es un debate elitista; es una discusión sobre meritocracia cultural.

Tener nociones de arte no significa convertir al público en historiadores especializados, sino dotarlo de herramientas mínimas para distinguir entre intención y logro. Saber observar línea, proporción, textura, composición o dificultad técnica permite cuestionar con fundamento y no sólo reaccionar al discurso dominante.

El arte conceptual puede coexistir con las disciplinas tradicionales, pero no debería eclipsarlas mediante la banalización del criterio. Cuando la ignorancia cultural se vuelve tendencia global, el riesgo es que las nuevas generaciones crean que el virtuosismo es irrelevante o, peor aún, que el esfuerzo prolongado carece de valor.

El conflicto que tengo con este tipo de seudo-arte, en última instancia, no es contra la idea contemporánea, sino contra la pereza intelectual que acepta cualquier cosa como arte sin exigir excelencia. Defender el oficio no es retroceder; es asegurar que la conversación artística no se convierta en un ejercicio de relaciones públicas, sino en una evaluación honesta del talento que verdaderamente expande los límites de la disciplina.

Just saying…

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