El Museo de Arte Popular será escenario de una celebración que reunirá arte, música y tradición mexicana el próximo 26 de noviembre.
El arte popular mexicano es mucho más que una expresión estética: es parte de nuestra identidad, de las historias que pasan de una generación a otra y de los oficios que mantienen vivas nuestras tradiciones.
Desde hace dos décadas, AmigosMAP y el Museo de Arte Popular (MAP) han trabajado para preservar, reconocer y difundir este patrimonio, apoyando el talento y los conocimientos de quienes lo hacen posible.
Para celebrar sus primeros 20 años, AmigosMAP prepara una velada especial el próximo 26 de noviembre en el Museo de Arte Popular de la Ciudad de México, donde también se presentará una nueva alianza con la Fundación Natalia Lafourcade.
Esta colaboración busca fortalecer la preservación y difusión del patrimonio cultural mexicano a través de dos expresiones que comparten profundas raíces: el arte popular y la música tradicional.
La celebración contará con la participación musical de Natalia Lafourcade, acompañada por músicos tradicionales, en un encuentro que busca reconocer tanto el trabajo realizado durante estas dos décadas como la importancia de seguir impulsando la cultura mexicana.
Más allá del aniversario, la ocasión representa el inicio de una nueva etapa de colaboración entre instituciones comprometidas con preservar un patrimonio que continúa evolucionando gracias a las comunidades, los artesanos y los creadores que lo mantienen vigente.
La cita es el jueves 26 de noviembre de 2026, a las 19:00 horas, en el Museo de Arte Popular de la Ciudad de México.
El Museo Amparo reúne en Puebla obras de 60 artistas de México y América Latina para hablar de algo que todos conocemos, aunque no siempre de la misma manera: lo que significa habitar.
Hay muchas formas de pensar en un hogar.
Puede ser la casa en la que crecimos, una cocina que todavía recordamos con todos sus objetos, el cuerpo que habitamos o incluso un territorio que compartimos con otras personas y especies.
De ahí parte El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, la exposición que presenta el Museo Amparo en Puebla y que reúne a 60 artistas de distintas generaciones de México y América Latina.
La muestra fue concebida específicamente para el Museo Amparo y está organizada en cinco núcleos temáticos. La curaduría está a cargo de Eugenia Braniff, Paulina Bravo y Beto Díaz Suárez, quienes proponen un recorrido que parte del territorio y de las estructuras coloniales para llevar la mirada desde lo íntimo hacia lo colectivo.
Participan Manuel Álvarez Bravo, Carlos Alfonso, Fernando Allievi, Cundo Bermúdez, Fernando Botero, Hugo Brehme, Geles Cabrera, Ángel Cammen, Santiago Cárdenas, Julia Carrillo, Leonora Carrington, Mónica Castillo, Leda Catunda, Mario Cravo Neto, Galia Eibenschutz, Miguel Fernández de Castro, Pedro Figari, Gabriel Figueroa, José Feher, José Gamarra, Mauricio Gattás, Thomas Glassford, Rafael Gomezbarros, Abraham González Pacheco, Silvia Gruner, José Gurvich, Jan Hendrix, Ana Hernández, Sergio Hernández, Ana Mercedes Hoyos, Circe Irasema, Graciela Iturbide, Aristeo Jiménez, Guillermo Kuitca, Wifredo Lam, Magali Lara, José Lazcarro, María José de la Macorra, Armando Morales, Felipe Mujica, Gerardo Murillo “Dr. Atl”, José Clemente Orozco, Carlos Orozco Romero, Luis Ortiz Monasterio, Liliana Porter, Ernesto Pujol, Armando Reverón, Aydeé Rodríguez López, Zilia Sánchez, Maruch Santíz Gómez, Tomás Saraceno, Alan Sierra, Vivian Suter, Clorindo Testa, Francisco Toledo, Torolab / Raúl Cárdenas Osuna, Boris Viskin, Marysole Wörner Baz, Salvador Xharicata y Nahum B. Zenil.
La exposición comienza desde el vestíbulo con Redasilú (Vendrá la memoria), de Ana Hernández: una instalación realizada con 68 bules de calabaza intervenidos con materiales como obsidiana, oro, cera, caracoles, grafito, pigmentos, cobre y barro.
La obra introduce una de las ideas que recorren la muestra: la lengua también es una manera de relacionarnos con el mundo y de entender lo que vivimos.
A partir de ahí, el recorrido se abre en distintas direcciones. El cuerpo aparece como nuestro primer territorio. La casa, como ese espacio íntimo donde se forman vínculos y recuerdos, pero donde también pueden aparecer diferencias y tensiones. Y el territorio deja de ser solamente un lugar en el mapa para convertirse en algo que se cruza con la migración, la violencia, las fronteras y la posibilidad de pertenecer.
Uno de los momentos más cercanos está en Mil novecientos cincuenta y cuatro, de Mauricio Gattás. El artista reconstruye una cocina regiomontana de los años cincuenta a partir de recuerdos familiares y objetos que pertenecieron a su abuela. Es difícil no pensar entonces en nuestras propias casas: en una mesa, una vajilla, un olor o cualquier objeto aparentemente común que, con el tiempo, termina guardando una historia.
En otro punto del recorrido, la mirada sale de la casa y se dirige hacia otras formas de vida. Habitar el mundo aborda nuestra relación con la naturaleza desde ideas como el cuidado, la reciprocidad y la interdependencia. Ahí aparece Andrómeda 7, 60, de Tomás Saraceno, dentro de una reflexión sobre las redes que conectan a los seres vivos con su entorno.
El hogar que habito no intenta dar una sola definición de hogar. Al contrario, muestra que habitamos muchas cosas al mismo tiempo. Un cuerpo, una casa, una lengua, una memoria, una ciudad, un país. Y que nuestra manera de ocupar esos espacios dice mucho de quiénes somos y de cómo convivimos con los demás.
Organizada por Colección FEMSA y el Museo Amparo, El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA puede visitarse en el Museo Amparo, Puebla, del 26 de septiembre de 2026 al 25 de enero de 2027.
Esta semana, si pasas por el Sena al anochecer, la antigua estación de Orsay se convierte en algo distinto. Durante cinco noches, del 18 al 22 de octubre, de las 19 a las 23 horas, una proyección de luz de casi 143 metros de ancho hace desfilar frases por su fachada. No es un anuncio ni un espectáculo vacío: son textos reales de artistas y escritores del siglo XIX y principios del XX, sacados de las cartas y diarios que guarda el propio museo.
Jenny Holzer ha elegido cerca de 250 fragmentos de unos 34 autores. Aparecen Vincent van Gogh, Paul Cézanne, Gustave Flaubert, Émile Zola, Charles Baudelaire, Auguste Rodin y muchos más. Las frases se leen grandes, se reflejan en el río y se sienten cercanas. Hay una de Mary Cassatt, escrita al estallar la Primera Guerra Mundial: “Como dices, el mundo está loco ahora mismo”. Holzer la grabó también en una columna de mármol que está dentro del museo.
La exposición se llama J’ai vu (“He visto”) y se abre el 20 de octubre. Estará hasta el 21 de febrero de 2027. No es solo la proyección nocturna. Dentro, Holzer ha instalado un gran letrero LED que recorre varias salas de pintura de historia, naturalismo y simbolismo, y también la de Courbet. Los textos van pasando en colores mientras la gente camina, como si la antigua estación volviera a moverse, pero ahora con palabras en lugar de trenes.
Hay más. Diecisiete bancos y un par de columnas de mármol distintos, cada uno con frases grabadas. Uno lleva palabras de Camille Claudel frente a La puerta del Infierno de Rodin. También cuelga sus propias pinturas hechas con hoja de oro, platino y paladio, donde partes del texto están tachadas o escondidas. Hablan de secretos, de guerras y de lo que se oculta.
Holzer no inventa casi nada. Se metió en los archivos del museo, leyó cartas de Monet, de Van Gogh, de Cassatt, de Morisot. Sacó frases que hablan de guerra, de huelgas, de colonialismo, de la vida cotidiana en el París de Haussmann, de la dificultad de sentir o de no sentir nada. El resultado es un diálogo entre el pasado que el Orsay guarda y el presente que vivimos. Las preocupaciones de entonces no suenan tan lejanas.
Es gratuito ver la proyección desde la orilla del río. Dentro del museo se paga la entrada normal. Si estás en París estos días, vale la pena salir un rato de noche solo para ver las letras moverse sobre la piedra.
Existen expresiones integradas de forma irreflexiva en nuestro vocabulario cotidiano; modismos deterministas que distorsionan la realidad. Un ejemplo claro es la frase «por amor al arte», la cual, para la mayoría, se ha convertido en un sinónimo injustificado de «gratis».
Nada más equívoco ni más perjudicial, no solo para la comunidad artística, sino para la estructura económica e intelectual de una nación. Pretender que la falta de valoración del arte es una deficiencia inherentemente «cultural» o inevitable es una premisa falsa.
Hablemos con claridad: el modelo institucional tradicional ha perpetuado una visión asistencialista. Históricamente, las estructuras gubernamentales suelen subordinar la cultura al subsidio momentáneo, pues un sector creativo independiente, autosuficiente y con pensamiento crítico exige un nivel de rigor y madurez social que incomoda a la burocracia. De ahí la narrativa circular de «no hay presupuesto para el arte», «faltan apoyos» o «lanzamos convocatorias de ayuda». Frases paternalistas que adoctrinan al inconsciente colectivo para asumir la precariedad del artista como una norma inevitable. Falso.
Las grandes economías, los países con visión soberana y el desarrollo internacional consolidado entienden una verdad categórica: el arte no se apoya; el arte se financia, se impulsa y se rentabiliza. Las industrias creativas generan un porcentaje crucial del PIB global mediante estrategias integrales que transforman la identidad y el talento en activos de alto valor. El secreto jamás ha sido la caridad, sino el desarrollo estratégico, la retribución justa, la inversión privada y la generación de dividendos. La labor artística exige preparación rigurosa, tiempo, dominio técnico y producción… y la producción tiene un costo tangible.
Cuando usted consulta a un médico, a un abogado o contrata a un arquitecto, no le pide un «apoyo» con sus honorarios, ni asume que contratar sus servicios es un acto de beneficencia. ¿Por qué habríamos de menospreciar el trabajo del artista bajo el velo del «apoyo»? El arte se paga. Punto.
Desde Culturalmente Responsable A.C. trabajamos para que la labor artística sea profesionalizada, remunerada y amplificada. Construimos puentes sólidos entre la capacidad creadora y el sector empresarial, alineando ambos mundos en un esquema de beneficio mutuo. La función del arte jamás es meramente ornamental; es un catalizador del espíritu humano y un motor de cohesión. Bien encauzado, eleva el entorno, genera identidad, inspira memoria y optimiza el clima social. Estamos convencidos de que la alianza entre artistas y empresarios consolida corporativos más sólidos, colaboradores más comprometidos, esquemas de convivencia más sanos y una sociedad con mayor criterio y sofisticación.
Aspiramos a una sociedad que no le tema al arte ni a la potencia económica y humana que de él emana. Una sociedad que reconozca al creador no como un sujeto de asistencia gubernamental, sino como un socio estratégico en una relación de igual a igual. Un intercambio justo donde la colaboración detone rendimiento económico, valor social, desarrollo patrimonial, posicionamiento y utilidad real. Es momento de evolucionar la narrativa: erradiquemos la palabra «apoyo» y hablemos de alianzas estratégicas, inversión, desarrollo conjunto y cooperación de alto impacto.
En la próxima entrega abordaremos cómo su empresa puede acelerar su crecimiento mediante la Responsabilidad Cultural Empresarial y la obtención del distintivo EMCRE® (Empresa Culturalmente Responsable). Mientras tanto, mantengamos el principio firme: el arte no se apoya.